La crisis que atraviesa la cadena de producción de la industria aeronáutica ya tiene un impacto concreto sobre las aerolíneas. Los retrasos en las entregas de nuevos aviones por parte de Airbus y Boeing están obligando a las compañías a mantener durante más tiempo aeronaves de generaciones anteriores, con un costo adicional estimado en US$ 3.000 millones anuales solo en combustible, según la Asociación Internacional de Transporte Aéreo (IATA).
El problema afecta a cientos de aeronaves cuya renovación estaba prevista y que, debido a las demoras de los fabricantes y de sus cadenas de suministro, continúan volando más allá del plazo originalmente previsto. De acuerdo con IATA, hasta 1.662 aviones que debían ser reemplazados sufrieron retrasos en sus entregas hasta 2025.
La situación podría prolongarse durante varios años. Algunas aerolíneas, advierte la asociación, pueden llegar a esperar hasta siete años para recibir determinados aviones que ya tienen pedidos, lo que obliga a revisar planes de flota, mantenimiento y capacidad.
El impacto económico está directamente relacionado con la diferencia de eficiencia entre las aeronaves de generaciones anteriores y los nuevos modelos. En el caso de los aviones de fuselaje ancho, los modelos más modernos permiten reducir aproximadamente un 20% las emisiones de CO₂ por asiento-kilómetro disponible. En los aviones de fuselaje estrecho, la mejora llega al 24%, mientras que en los reactores regionales alcanza el 40%.
IATA calcula que la permanencia en servicio de estas aeronaves más antiguas genera alrededor de 12 millones de toneladas adicionales de CO₂ cada año, equivalente a las emisiones producidas por unos 2,6 millones de automóviles. El volumen representa aproximadamente el 1,2% de las emisiones totales de la industria aérea.
A esto se suma el impacto sobre otros contaminantes. Los motores instalados en las aeronaves de última generación incorporan tecnologías que permiten reducir las emisiones de óxidos de nitrógeno (NOx) y partículas no volátiles. Por lo tanto, cuanto más tiempo permanezcan en operación los aviones antiguos, mayor será la brecha ambiental respecto de las flotas que las aerolíneas tenían previsto incorporar.
La crisis de producción de Airbus y Boeing, que comenzó a profundizarse a partir de los problemas registrados en las cadenas globales de suministro y se extendió posteriormente a motores, componentes y otros proveedores, está condicionando así uno de los principales mecanismos de la industria para mejorar su eficiencia: la renovación de flota.
Para las aerolíneas, el desafío pasa ahora por administrar una flota que debe permanecer más tiempo en servicio, asumir mayores costos de combustible y mantenimiento y, al mismo tiempo, afrontar una demanda de pasajeros que continúa requiriendo capacidad.
