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Ezeiza–Shanghái: así se vive el vuelo directo más largo del mundo

Viajar en el vuelo directo más largo del mundo no es solo una cuestión de kilómetros o de horas acumuladas en el aire: es, sobre todo, una experiencia que pone a prueba la logística, la paciencia y la capacidad de adaptación del pasajero. Ese es el caso del nuevo servicio de China Eastern Airlines que une Buenos Aires con Shanghái, con una escala en Auckland, y que ya se convirtió en un hito de la aviación comercial global.

El tramo entre Ezeiza y la ciudad china, operado con Boeing 777-300ER, demanda unas 25 horas totales. Pese a lo extremo del recorrido, ambos tramos mostraron una muy buena ocupación. La clase Business estaba full con pasajeros rumbo a China (no llegamos a ver la First). Alrededor de 100 pasajeros realizaron el viaje completo entre Buenos Aires y Shanghái, en su gran mayoría de nacionalidad china, un dato que confirma la existencia de una demanda real y concreta para esta ruta inédita.

A bordo, la experiencia resulta correcta y coherente con lo que ofrece China Eastern en sus servicios de largo alcance. La tripulación se mostró siempre muy amable y predispuesta, con una atención constante y profesional a lo largo de las interminables horas de vuelo. La comida, sin ser sofisticada ni pretenciosa, cumplió adecuadamente su función: platos simples, bien presentados y suficientes para acompañar un itinerario tan extenso.

El punto más flojo del viaje aparece en el sistema de entretenimiento a bordo. La oferta es limitada para un vuelo de estas características y, previsiblemente, no incluye contenidos en español, lo que obliga a los pasajeros hispanohablantes a conformarse con opciones en inglés o chino, o bien a recurrir a dispositivos personales para pasar el tiempo.

Uno de los momentos clave del recorrido es la escala en Auckland. Allí, todos los pasajeros deben descender del avión, incluso aquellos que continúan en tránsito hacia su destino final. Es obligatorio tramitar una Autorización Electrónica de Viaje (NZeTA), que tiene un costo de 13 dólares y una validez de dos años. El procedimiento es relativamente sencillo, pero conviene tenerlo previsto con antelación para evitar demoras innecesarias. Muchos de los que bajaban en Auckland, conectaban para Australia y sus playas.

La estadía en el aeropuerto neozelandés se extiende por unas dos horas, tiempo durante el cual se realiza la limpieza completa de la aeronave, el cambio de tripulación y la carga de combustible. Es una pausa que permite estirar las piernas, despejarse un poco y prepararse para la siguiente etapa del vuelo, aunque sin llegar a transformarse en un verdadero descanso.

La llegada a Shanghái marca un fuerte contraste. El aeropuerto internacional de Pudong impacta por su escala, su modernidad y su nivel de organización. Todo es grande, luminoso y eficiente, una puerta de entrada acorde a una de las principales metrópolis del mundo.

Más allá de los detalles operativos y del confort a bordo, este vuelo tiene un valor simbólico y estratégico indiscutible. Se trata del vuelo directo más largo del planeta, una conexión que une de manera inédita Sudamérica con Asia a través del denominado “Corredor Sur”. Para el pasajero, implica menos escalas, menos cambios de avión y una ruta más directa que las alternativas tradicionales vía Europa o Norteamérica.

En definitiva, volar entre Buenos Aires y Shanghái con China Eastern no es una experiencia para apurados ni para quienes buscan lujo extremo, pero sí para quienes valoran la posibilidad de ser parte de un capítulo histórico de la aviación comercial. Un viaje largo, exigente y singular, que confirma que el mundo, incluso en sus extremos, está hoy un poco más conectado.

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