La aviación comercial mundial enfrenta una paradoja: los pasajeros siguen viajando, incluso pagando más por sus pasajes, pero las aerolíneas comienzan a prepararse para un escenario de mayor incertidumbre. La guerra con Irán, las tensiones en Medio Oriente y las restricciones al suministro energético volvieron a colocar al combustible en el centro de las decisiones de la industria.
El petróleo superó los US$ 105 por barril, mientras que el combustible de aviación alcanzó un promedio de US$ 158 por barril durante el segundo trimestre de 2026, frente a US$ 124,70 en el primero. En abril, había llegado a US$ 188,40.
Según las proyecciones de la Asociación Internacional de Transporte Aéreo (IATA), el gasto mundial en combustible podría alcanzar los US$ 350.000 millones este año, frente a US$ 252.000 millones en 2025. La organización estima, además, una ganancia neta conjunta de apenas US$ 23.000 millones para el sector, equivalente a un margen del 2% y unos US$ 4,50 por pasajero transportado.
Con semejante rentabilidad, cualquier incremento adicional del Jet A-1 puede transformar una operación rentable en deficitaria.
Hasta ahora, la demanda demostró una resistencia mayor a la esperada. Según estimaciones de OAG citadas por el Financial Times, durante el primer semestre se realizaron unos 2.300 millones de reservas aéreas en el mundo, un 1% más que en igual período de 2025. Delta Air Lines, por su parte, informó que pudo elevar sus tarifas alrededor de un 20% durante 2026 sin una caída significativa de la demanda.
Pero esa capacidad de trasladar costos tiene límites. Si las aerolíneas aumentan demasiado los precios, pueden desalentar a los pasajeros más sensibles a las tarifas. Si absorben los incrementos, sus márgenes se deterioran. Y si reducen la oferta, la menor competencia puede mantener los pasajes elevados.
De aquí a fin de año, cabe esperar una mayor presión tarifaria, menos promociones y una revisión de las frecuencias en rutas con resultados ajustados. No necesariamente habrá cancelaciones masivas: el ajuste podría comenzar con cambios de aeronave, menos vuelos semanales y una expansión más cautelosa.
Si los precios del combustible permanecen elevados durante buena parte de 2027, la crisis dejará de ser coyuntural. Las compañías deberán revisar sus planes de flota, priorizar aviones más eficientes y concentrar recursos en rutas capaces de generar ingresos suficientes.
Luís Rodrigues, CEO de TAP Air Portugal, advirtió que podrían venir «tres a cinco años difíciles». En América Latina, Adrian Neuhauser, CEO del grupo Abra, que integra a Gol y Avianca, anticipó que la industria podría terminar siendo más pequeña de lo que habría sido sin esta crisis energética. LATAM, entretanto, ya evalúa la utilización de sus aeronaves según las necesidades de cada operación y el consumo de combustible.
La situación también podría profundizar las diferencias entre compañías. Las empresas con mayor liquidez, redes diversificadas y capacidad para generar ingresos adicionales estarán mejor preparadas que aquellas con deuda elevada y márgenes reducidos.
El mercado argentino llega a esta etapa con señales positivas de demanda. En septiembre, los aeropuertos del país movilizaron 4.186.500 pasajeros, un récord para ese mes, con más de 1,3 millones de viajeros internacionales.
Sin embargo, el encarecimiento del Jet A-1 podría dificultar la continuidad de ese crecimiento. Las rutas internacionales de larga distancia serían especialmente sensibles, mientras que una eventual depreciación del peso podría amplificar el impacto de los costos denominados en dólares.
Esto no implica necesariamente una contracción del mercado local, pero sí un escenario más exigente para sostener tarifas competitivas, nuevas rutas y frecuencias adicionales.
El desenlace dependerá de la duración del conflicto, la disponibilidad de combustible, la evolución del tipo de cambio y la capacidad de las aerolíneas para trasladar los mayores costos sin destruir la demanda.
La pregunta ya no es solamente cuánto más puede subir el petróleo, sino cuánto tiempo permanecerá caro el combustible y cuánto podrán pagar los pasajeros. En 2027, el desafío para la industria podría dejar de ser crecer para convertirse en algo más elemental: volar de manera rentable sin expulsar del mercado a quienes necesitan viajar.
