Las siete vidas de Aerolíneas Argentinas

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La prioridad del oficialismo por la aprobación de la Ley Bases y el paquete fiscal, llevaron a los funcionarios a resignar la puesta en venta de Aerolíneas Argentinas, además del Correo Argentino y RTA (Radio y Televisión Argentina).

Todo indica que la privatización de Aerolíneas no va a ser ahora, no solo por la oposición de buena parte de los legisladores, sino porque difícilmente haya interesados. ¿A quién podría interesarle una empresa que solo en el primer trimestre perdió U$S 128 millones, que está sobrepoblada, que tiene cinco gremios que se niegan a abandonar la comodidad de un Estado protector, que no tiene casi aviones propios y que necesitaría fuertes inversiones para volver a ser competitiva?

“Ni regalada”, se escuchó varias veces, aunque cada tanto se sugiere, nada inocente, que habría interesados, aunque para nada creíbles y mucho menos recomendables.

¿Qué le queda ahora al Gobierno? ¿Esperar algunos meses y volver a insistir con su privatización (de paso ver si aparece alguien), descuartizarla y venderla por partes, ir retaceándole fondos hasta la asfixia, promover la competencia especialmente en cabotaje hasta minimizar su influencia o hacer cambios para entretener a la tribuna pero que en el fondo no cambie nada? El famoso “siga, siga…”

Quizás la respuesta se la haya dado a quien escribe esta nota, en 2001, cuando el cierre parecía inminente y el grito era “Salvemos a Aerolíneas”, una secretaria con muchos años en la empresa: “No te preocupes, ya alguien se hará cargo”. Y tenía razón, aún 23 años después.

Desde que nació y hasta su privatización en 1990, Aerolíneas Argentinas vivió de los subsidios del Estado, pese a algún que otro dibujo en los balances. Pescarmona e Iberia recibieron la empresa libre de pasivos. Cuando hubo que poner plata, Pescarmona y sus socios dejaron el barco, en tanto que la aerolínea española, camino a su propia privatización, optó por transferirle el paquete – incluido el pasivo generado en esos años – a la SEPI, es decir directamente al Gobierno español. Los burócratas del organismo intentaron varias estrategias, inclusive transferirle la administración a American Airlines. Peter Dolara, una institución y artífice de esta empresa dijo tiempo después en privado que la operación Aerolíneas Argentinas había sido un tremendo error, reconociendo su fracaso. A la SEPI no le quedó más remedio que recuperarla con un pasivo más abultado.

Pese a las críticas, los españoles dicen haber perdido en la aventura Aerolíneas 4 mil millones de dólares, por lo que estaban dispuestos a sacársela de encima haciéndose cargo del pasivo. Es entonces cuando a alguien se le ocurrió usar los fondos que implicaba quebrarla – ya habían cerrado a Viasa, lo cual no era descabellado – para endosársela a alguien y salir de cuadro.

Marsans recibió la empresa a cambio de 1 dólar, y además U$S 850 millones para pagar deudas y operarla el primer año.

La historia Marsans, que se hizo cargo por unos años de la empresa, terminó cuando se acabaron los fondos transferidos. Fracasado un intento de “argentinización”, al estilo YPF, que proponía Néstor Kirchner, la empresa fue nuevamente estatizada en julio de 2008 absorbiendo, como no podía ser de otra manera, un nuevo pasivo. Desde entonces el Estado lleva puesto en la compañía casi 8.000 millones de dólares.

Cómo dijo entonces aquella histórica secretaria: “ya alguien se hará cargo”. Por ahora, parecieran ser los mismos.