Confusión y más restricciones para la aviación en la Argentina, frente al avance de la segunda ola COVID-19

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La llegada de una segunda ola, más el riesgo de nuevas variantes del virus desarrolladas en distintos lugares del mundo, han puesto nuevamente en juego histéricas limitaciones a la actividad aerocomercial, agravadas en el caso de Argentina, como ya ocurrió en el pico del año pasado, por una falta de coordinación y diálogo entre las aerolíneas y las autoridades. Práctica repetida que llevó en las últimas semanas a cancelaciones casi sobre la hora  de vuelos internacionales. Cuando se cuestiona a la Administración Nacional de Aviación Civil (ANAC) por estas desinteligencias extravagantes, muchas veces a contramano de lo que significa la planificación en esta industria, la respuesta siempre es la misma: “peor hubiera sido cerrar las fronteras como pedían desde las áreas de Salud.

Los rumores a mitad de semana, antes de los anuncios del nuevo DNU,  avanzaban entre un cierre total de vuelos al exterior  a dejar todo como está. Por los anuncios del Presidente,  prevalecieron las opiniones de funcionarios y especialistas que integra el Comité  que proponían medidas más moderadas que cerrar las fronteras. Lo anticipaban quienes  argumentaban que “no se hubiera levantado en un día un laboratorio como el que se levantó en Ezeiza, si la idea era cancelar los vuelos”. Lo que se decidió, por ahora, es una “sugerencia” para evitar los viajes al exterior, especialmente en grupo y con carácter turístico. Sin embargo hasta los más optimistas coinciden en que no se descartan, con el correr de los días, nuevas restricciones.

La cancelación de vuelos es “una sensación”

En febrero, mediante la Decisión Administrativa 135 se ordenó a las aerolíneas reducir un 30% los vuelos desde y hacia Estados Unidos, Europa y México y un 50% a Brasil. Un mes más tarde, una nueva decisión administrativa determinaba que los vuelos hacia México, Europa, Perú, Ecuador, Colombia, Panamá y Chile se redujeran otro 30%, a Brasil el 20% y a Estados Unidos otro 10%. Para  finalmente llegar, en vísperas de Semana Santa, a directamente prohibir los vuelos a México, Chile y Brasil, que se sumaba a la prohibición que ya existía para vuelos a Gran Bretaña. La directiva dejaba sin efectos, también, las programaciones a otros destinos ya aprobadas por lo que las aerolíneas debían gestionar nuevamente los permisos.  Es decir, volver al mecanismo del inicio de la pandemia cuando los vuelos internacionales eran autorizados uno a uno,  como “especiales”. Con un agravante ahora: las empresas debían adecuar sus programaciones para que haya un vuelo cada dos horas.

Esta distancia entre vuelo y vuelo,  no hubiera generado demasiado revuelo, ya que 12 servicios por día eran más que suficientes, hasta que el ministro de Transporte, Mario Meoni, por error, habló de un máximo de cuatro vuelos diarios. Un error que el mismo funcionario se encargó de aclarar. Lo que no era un error, era el límite de 2.000 pasajeros internacionales por día, para poder ser testeados sin aglomeraciones, algo que las aerolíneas debían coordinar entre sí. Imposible. Nadie le va a dar ese dato a la competencia antes del vuelo.

Esta decisión de la ANAC de dar por caídas las programaciones aprobadas y volver a  presentar nuevos programas contemplando las nuevas restricciones generó más de una cancelación internacional, como los vuelos de jueves, viernes y sábado de Semana Santa de American Airlines a Estados Unidos, de Turkish el domingo y de Lufthansa el lunes, además de alguna otra europea. ANAC insistió en que ellos nunca habían cancelado vuelos. Que fueron las empresas las que lo hicieron. American, sin buscar polémica, dijo que ellos recibieron como respuesta al pedido expreso por esos vuelos la leyenda “no habilitados”, por lo que decidieron respetaron la decisión del Gobierno. Sus colegas de Turkish dieron o un paso más y enviaron una nota a los frustrados pasajeros del vuelos, responsabilizando directamente al Gobierno local.

Los días siguientes fueron frenéticos, con autorizaciones que llegaban horas antes para un vuelo desde Europa, demoras en las aprobaciones, y vuelos que las compañías decidían cancelar, en medio de la Semana Santa, ante la falta de certeza.

ANAC buscó defenderse por las cancelaciones apuntando en un comunicado hacia las aerolíneas: “En atención a información errónea que se ha dado a conocer, respecto de que se han suspendido vuelos hacia otros destinos, ANAC hace saber que dichas suspensiones son decisión y responsabilidad completa y absoluta de las líneas aéreas de que se trata, las que pueden preferir suspender los vuelos por cuestiones de índole comercial y no necesariamente por la crisis sanitaria”.

En definitiva, que las cancelaciones las generaban las propias aerolíneas ante la falta de demanda. American, por las dudas, aclaró que tiene aprobados por ANAC en abril un vuelos diario a Miami y uno semanal a Dallas.

Entre las aerolíneas la sensación es que la “campaña del miedo” implementada desde el Gobierno había dado resultado entre los potenciales pasajeros, en particular ante la posibilidad de convertirse en  “varados”, como ocurrió el año pasado, además de tener que afrontar  los costos para una “repatriación”, los testeos y las cuarentenas lo que hizo que las cancelaciones de reservas para los próximos meses cayeran significativamente.

En el transcurso de la semana algunas aerolíneas fueron informando los vuelos autorizados, pero desde el Organismo Nacional no se informó concretamente cuales vuelos fueron autorizados y cuales no, en caso de haber habido alguno. En definitiva, ante la falta de demanda, la incertidumbre, y las autorizaciones sin anticipación, varias aerolíneas redujeron sus programaciones.

Como ya se ha repetido en varias ocasiones, la aviación es planificación. Para la comercialización en la industria aérea, la falta de certezas es uno de los peores enemigos. Salvo para aquellas empresas que cuanto menos vuelan, menos pierden…

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